¡Jamás una muerte me había impactado tanto!

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foto: Adapar

Lo vi apagarse lentamente. Sus fuerzas mermaron frente a mis ojos y jamás una muerte me había impactado tanto. Daniel, mi abuelo paterno, murió a los 72 años, pero antes que la insuficiencia renal lo llevara a su fase terminal, aparentaba 55. De joven le apodaron el chavalo porque siguió jugando béisbol a los 48 como si tuviera 25, según cuentan en mi tierra.

Sus únicos vicios en la vida fueron (si es que pueden llamárseles vicios), el café y el béisbol. Luego se dedicó a sus hijos primero y a sus nietos después. A sus siete hijos los educó trabajando digna y arduamente en las haciendas cañeras de la familia Somoza en el ingenio Montelimar que al triunfo de la revolución sandinista –que mi abuelo y todo sus hijos apoyaron– pasaron a manos de la nueva administración.

Ahí mi abuelo se encontró con ese insecticida que se regaba en los cañaverales y que vuelve, con el tiempo, inservible los riñones, incapaz de limpiar la sangre… y entonces la sangre envenenada corre y se distribuye por todo el cuerpo. Es una muerte tardada pero anunciada. La padecen miles de campesinos en Nicaragua y hay demandas millonarias en Estados Unidos por estos casos en contra de empresas que trajeron el insecticida –prohibido en los países desarrollados– a estas tierras.

Cuando yo crecí tuve que dejar mi pueblo por cuestiones de oportunidades. Luego por asuntos de tiempo, descuido y si se quiere, hasta desamor, pasé como un año sin visitarlo hasta que me avisaron que una noche se enfermó, lo llevaron a una clínica privada –huyendo de la atención mediocre que le dan en este país a los asegurados– y que después de varios exámenes le dijeron que sus riñones se le habían consumido.

Nunca voy a olvidar cuando sentado en su cama, ya cuando no podía ni moverse, me dijo que él sabía que se iba a morir. Sus ojos se le veían tristes, amarillos por la anemia profunda que también lo aquejaba. Estaba sin camisa y se le repintaban sus huesos. No supe que decirle y lo único que pude pronunciar fue que no pensara en eso.

Antes lo llevamos donde varios especialistas. Le hicimos un sinnúmero de exámenes y los resultados siempre fueron los mismos. La incapacidad de su estómago para retener alimentos, el fuego que sentía como si se quemara por dentro, la anemia y los mareos eran porque sus riñones no podían purificar la sangre. Su insuficiencia renal era profunda.

No podía comer casi nada y recuerdo como si fuera hoy cuando un médico nos dijo que había que medirle la orina y se orinaba medio litro, pues sólo tenía derecho a ingerir esa misma cantidad de agua.

Para que mi abuelo siguiera viviendo y evitarle los estragos de la insuficiencia renal, provocada por los insecticidas, había que hacerles hemodiálisis (una máquina saca la sangre y la purifica en vez de los riñones ) o diálisis (un proceso doloroso), pero el seguro social en Nicaragua no cubre este tipo de enfermedades.

En el hospital Lenín Fonseca sólo hay una máquina para hacer diálisis y la lista de nicaragüenses esperando para hacer una limpieza de sangre es interminable. Nosotros comprendimos, a pesar del sufrimiento de mi abuelo, que él a sus 72 años no sería prioridad cuando habían niños esperando por el mismo tratamiento.

Acudimos al sector privado y preguntamos cuando costaba el tratamiento. Para que mi abuelo viviera sus últimos días tranquilamente necesitaba cuatro sesiones de diálisis a la semana y cada sesión costaba 400 dólares, es decir 1,600 dólares a la semana, 6,400 dólares al mes, más que el salario de un diputado, que tienen en este país los salarios más alto.

Comprendimos que quizás podíamos hacer el tratamiento una semana pero después de eso nos era imposible seguirlo pagando. Así, la imagen de un hombre que fue ejemplar, que no le hizo daño a nadie, que sirvió en lo que pudo a los demás, que cotizó al seguro social toda su vida, desde los 14 años hasta los 62 cuando lo jubilaron, se fue apagando, sus facultades mermaron y se nos fue de este mundo.

Hoy escribo esto, más o menos como homenaje a él, que lo enterramos hace tres meses. Hasta el día de su muerte fue solidario, no murió el 23 de junio, día del padre en Nicaragua, sino que esperó un día más, el 24, un domingo de béisbol.

Nota: Para más información sobre la diálisis y hemodiálisis, pulse aquí

3 Respuestas a “¡Jamás una muerte me había impactado tanto!”


  1. 1 Jaime Septiembre 25, 2007 a las 2:26 pm

    Sin duda es una experiencia que deja muchas lecciones. Seguramente no hubiera sido la misma historia si fuera otro país del mundo. En Nicaragua la tragedia de una persona es una historia que comparten muchas. Los afectados del nemagón – los que aún sobreviven – siguen esperando ayuda sin que nadie les ponga la debida atención. Por otro lado la vida de tu abuelo es todo un ejemplo, esa es la parte que hay que seguir manteniendo viva. Gracias por compartir esta historia tan personal.

  2. 2 Martha Patricia Septiembre 25, 2007 a las 6:43 pm

    Ismael. La vida nos da a nuestros seres queridos para amarlos cuando ellos viven, me tocó acompañarte en algunas ocasiones al Hospital, acepto que si nos atendieron fue únicamente por la amistad que teníamos, pero el sistema de salud en nuestro país es una mierda, nos matan…

    Yo no olvido tampoco la vez que nos dijeron en ese consultorio del Len in, lo del litro de agua, así tampoco olvido la mirada impaciente y a la vez dulce de tu abuelito…

    Tú hicistes mucho y sé que él desde el cielo te lo agradece.

  3. 3 diariodedialisis Septiembre 26, 2007 a las 5:16 pm

    Hola, Ismael. Bueno, sinceramente debo decirte que he quedado impactado profundamente. Como colega, en primer lugar, te digo que el relato está excelentemente bien escrito y llevado; tiene el tono exacto que se puede pretender en la narración de una historia así (sin golpes bajos ni innecesarios dramatismos) y no sobra ni falta nada en la forma en que contaste la historia.

    Pero más me interesa hablarte como ser humano. He sentido, creo, algo muy parecido a esa mezcla ácida de dolor y furia que debés estar sintiendo todavía por tu abuelo, y que lamentable y seguramente sentirás por bastante tiempo más. Algo que, creo, tiene que ver con un post que escribí hace poco a propósito del fallecimiento de la mamá de uno de los participantes en Diario de Diálisis (a propósito: mil gracias por linkearlo al pie de tu historia) y que podrás ver aquí (no sé manejar los tags para pegar el link a una palabra): http://diariodedialisis.wordpress.com/2007/08/31/sobre-el-caso-de-maria-teodora-vila/

    Te mando un abrazo desde la Argentina, gracias otra vez y quisiera que sigamos en contacto.

    Alejandro Marticorena.


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